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H Editorial, todas mis historias

H Editorial es mi nueva página web, donde podéis encontrar mis cuentos, mi primera novela y algunos guiones. Todo mí material es de género fantástico y te lo puedes descargar en archivo PDF, gratuitamente, busca los enlaces.

Cuentos: Más allá del bosque, La fantástica historia de Roni, El regalo, Tiamat, Insidia.

Novela: El secret de Budhbhati.

Guiones: Más allá del bosque, ¡Hola! Me llamo Robinson, Planet Call, El libro.

H Editorial se crea con la idea de apoyar y promover el género fantástico, uno de los productos más arriesgados de la narrativa de los últimos siglos.

Cuentos o relatos, que aunque muchas veces cortos, se muestran siempre de manera interior en su tratamiento estructural y de personajes.

Protagonistas que nunca se rinden, siempre aguantan, con fe, con esperanza y sólo a nosotros nos queda esperar y ver qué pasa.

Un género sensible a lo sobrenatural, alejado del mundo real pero a la vez muy ligado a su condición de modernidad. Es sin lugar a dudas la magia, la sorpresa, la perplejidad frente a un hecho increíble; la pomposidad de lo maravilloso.

Son historias que nos enseñan que nunca hay que tirar la toalla y jamás dar la batalla por perdida. Los cuentos son como la vida misma, constantemente nos ponen a prueba.

Sucesos insólitos, grotescos, aterradores, nocturnos; lejanos a veces, pero siempre muy cercanos.

Espero que disfrutéis de la lectura.

 
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Publicado por en febrero 21, 2010 en Artículos, Cuentos, Descargas, General, Guión, Notícias, Novela

 

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Más allá del bosque, el cuento

Más allá del bosque

Más allá del bosque

PRÓLOGO

El género fantástico es uno de los productos más arriesgados de los últimos siglos, precisamente por eso me gusta tanto. Aunque muchas veces corto, se muestra siempre interior en el tratamiento estructural y también lo hace con sus personajes. Protagonistas que nunca se rinden, siempre aguantan, con fe, con esperanza y sólo a nosotros nos queda esperar y ver qué pasa. Un género sensible a lo sobrenatural, alejado del mundo real pero a la vez muy ligado a su condición de modernidad. Es sin lugar a dudas la magia, la sorpresa, la perplejidad frente a un hecho inverosímil; la pomposidad de lo increíblemente maravilloso. Historias que nos enseñan que nunca hay que tirar la toalla y jamás dar la batalla por perdida. Los cuentos son como la vida misma, constantemente nos ponen a prueba. Sucesos insólitos, extravagantes, sorprendentes, burlescos, grotescos, chocantes, espantosos, terroríficos, aterradores, nocturnos; lejanos a veces, pero a la vez muy próximos. La idea para este cuento surge inicialmente como un cortometraje, justo al revés de cómo se debería de hacer. Quiero agradecer encarecidamente a David Pérez y Albert Blanch, directores de cine, su apoyo para llevar este proyecto a la gran pantalla. Sin duda alguna sería un sueño hecho realidad, como lo es poder editar este libro. Así que ya saben: “cuidado con lo que deseas porque igual viene a buscarte”, como dice mi hermano Toni, un potente artista, poeta y compositor al que desde aquí envío un fuerte abrazo; así como también a mis padres y mi hermanita. También para mi Violeta y mi pequeño bebé que está en camino y a todos aquellos que, por una razón u otra, les han llegado mis historias; amigos y amigas que siempre cariñosamente me han tendido la mano. Por suerte gente creativa y maravillosa. Ya saben que solo hay dos razas: la creativa y la no creativa. Estoy seguro de que usted es de la primera y me da la sensación que, poco a poco, con voluntad, cada vez seremos más y el mundo un poquito mejor. No quiero despedirme sin antes agradecer de nuevo, a la vez que felicitar, a Albert Blanch, autor de la fantástica portada de esta edición, donde se refleja perfectamente la atmósfera de esta historia. Doy pues, el pistoletazo de salida hacia el mundo de la imaginación. Un mundo sin fronteras, donde todo es posible y nada parece imposible. Les invito a entrar en el mundo de: “Los cuentos de Luna llena”, esperando que disfruten de la lectura, una lectura que les llevará más allá del bosque.

H.B

El diablo se regocija cuando soy malo y espera que yo con él me hunda en el fuego, las cadenas y las horribles penas. (Poema infantil victoriano)

Primera Parte

Se oye el sonido del viento, mece suavemente los enormes y frondosos árboles ahogados por las enredaderas. Los pájaros cantan y la madera cruje, los intensos rayos de sol se cuelan entre las ramas. A vista rasante se muestra un camino de áspera tierra que atraviesa un espeso bosque; un bosque más antiguo que el hombre, lleno de recuerdos y ecos del pasado. Un camino que en otros tiempos fue cobijo de viajeros y muchas veces escenario de lo espectral en la noche manifiesta. Muchos hablaban de gritos y susurros, de visiones misteriosas y animales imposibles; cada recoveco del bosque de Ooné fue testigo de ello, algunos incluso aseguraban que muchas almas allí fueron arrebatadas por el mismísimo diablo. Dicen que tan sólo se mostraba en los cruces de camino, allí hacia sus pactos. A lo lejos, se oyen unos pasos a la carrera a la vez que una respiración entrecortada y llena de fatiga. De pronto una sandalia raída pisa con fuerza sobre el camino, la superficie se agita y el polvo, en un serpenteo inesperado, se levanta. Vuelve el silencio, un silencio sepulcral que precede a la tormenta. No muy lejos de allí, dos soldados armados hasta los dientes cruzan apresuradamente el bosque. Ambos portean perros de presa que les empujan con fuerza y ladran enérgicamente. En su torso se distingue claramente la insignia de un águila dorada, el estandarte de la vasta región del Rosal. Los tiempos son demasiado difíciles. La hambruna, la guerra, la enfermedad y la fatalidad, arremeten sin piedad, empujando a todos a la más profunda desesperación, hacia un incierto futuro. La fuerza productiva y reproductora de aquellas tierras, sumadas a la explotación de las minas de sal y a muchos otros recursos, facilitaban el comercio y elevaban —sin precedentes— el límite superior del grupo que lo formaba: centenares de familias campesinas con abundantes hijos. Algunos de ellos morían pero muchos otros nacían sanos y fuertes. Representaban una mano de obra extremadamente estructurada por su amo, dividida en actividades estacionales, cosechas y cacerías. Un trabajo duro que exigía de fuerza y precisión. Hacía mucho que todos vivían tranquilos. Las guerras inter-grupales, tan típicas y sanguinarias en otros tiempos, no constituían ahora ninguna amenaza. La supervivencia parecía estar asegurada e incluso muchos se atrevían a decir que eran los súbditos más felices de toda la región. Pero un día, con la llegada del otoño, una extraña brisa se instaló en la comarca, un hálito que parecía advertir la desgracia; un frío gélido que entró de golpe, sin avisar. Aquello sólo era el principio. Los rumores de una gran guerra que se estaba librando más allá de las fronteras conocidas. Una guerra decisiva del bien contra el mal donde todos estaban expuestos, incluso los rosalinos. Ellos también empezaron a notar que el viento soplaba distinto y como los pájaros, dejaban de cantar. La guerra de la verdad había empezado. La riqueza y el poder del estrato dirigente estaban en juego. Entonces se movilizaron grupos de guerreros, primero los más fuertes, después todo aquel que quisiera luchar por su señor y por su libertad. La verdad es que fueron muchos los que partieron, entre ellos, el hijo favorito del señor, el joven Guillermo, un mozo alto y recio como su padre, impertinente cómo el que vive a fondo la juventud, iluso y capaz de comerse el mundo. Su padre —por aquel entonces enfermo—, lo encomendó a la salvación, le dió su bendición y se separó de él sin llorar, como hizo cuando murió su esposa, la hermosa Godlana. Al poco de partir el valeroso caballero, cuando se encontraba ya cerca de su destino, tuvo noticias del fallecimiento de su padre por causa de una terrible enfermedad, una devastadora pandemia había llegado sin avisar. La llamaban la gran pestilencia, porque todo olía a podredumbre. El sol —cada vez más— se resistía a salir y parecía que las noches de luna llena no acabaran nunca. Con la muerte del gran señor, las conspiraciones eran cada vez más evidentes, así como las traiciones. Las alianzas entre señores se movieron demasiado rápido de mano en mano, sin justicia y con mucha presteza. Ahora, aquellas tierras estaban gobernadas por el barón de Drossont, antiguo ayudante de cámara del señor del Rosal. Ostentaba más títulos y privilegios que nadie, dominaba todo el feudo con mano de hierro y sin ningún tipo de compasión. El poder político, económico y militar eran suyos; le había costado muchos años y muchas muertes, pero pensaba que había valido la pena. Actualmente todas y cada una de las almas que allí habitaban eran suyas, inclusive la que ahora corría con desespero, nerviosísima y visiblemente apesadumbrada. Aldo es un pobre y humilde campesino, un producto corporativo organizado, un nuevo esclavo del barón, que corre sin parar a lo largo del camino que atraviesa el bosque. En los brazos lleva cogido con fuerza un bebé totalmente cubierto de sangre. Sus movimientos son desacompasados y el recién nacido parece un muñeco de trapo, se tambalea sin sentido. Su destino estaba ya escrito antes de que naciera. Las reglas ya habían estipulado para Aldo un matrimonio de conveniencia con unos vecinos. Era toda la prosperidad —que en aquellos tiempos— un mísero siervo podía poseer. Los duros cimientos de la supervivencia eran sólidos y satisfacían las necesidades sexuales, garantizaban la reproducción, la protección de la mujer y la división del duro trabajo; la eficiencia suponía la única subsistencia. Se casó con tan sólo quince años, asumiendo todas las responsabilidades de la granja, donde comían y dormían él, su esposa Bilma, su anciano padre, una vaca y un cerdo, todos bajo el mismo techo. Era un joven disciplinado y muy capaz. Había aprendido el valioso conocimiento de los rituales ancestrales y las artes del campo y los bosques gracias a Uziel, su padre. Poco a poco fue mejorando su hogar —era terco como una mula—, tanto que amplió la choza de juncos hasta convertirla en una granja nueva, más grande, con mejores tierras y más oportunidades. Entonces Bilma se quedó preñada y todo le pareció maravilloso. Pronto nacería su primer hijo y su ilusión se infló como lo hacen las ranas cuando cortejan con su papada. Aquel mundo lleno de normas, leyes, mitos y leyendas adquiría una nueva dimensión hasta entonces desconocida para él, cómo tantas cosas que, aún, le habían de suceder. Pero aquella felicidad se desmoronó como un castillo de naipes. No llovía, las cosechas eran escasas y su esposa empezó a encontrarse mal. Aldo empezó a adelgazar de repente y su rostro se mostraba extremadamente pálido. Lentamente, se habían desvanecido sus sueños como la bruma lo hace acechada por el sol. Suda copiosamente. Vestido con un harapiento y andrajoso manto, cinturón de soga y unas sandalias raídas. Huye, escapa de su destino. De pronto, se detiene, no sabe a dónde ir; no sabe qué hacer, a dónde correr. Su cara refleja el más absoluto desamparo mientras aprieta a su hijo contra el corazón. En un pequeño claro dentro del bosque, Bilma, una chiquilla de apenas diecisiete años, yace recostada contra un arbolillo. Permanece inerte, con la tez amarillenta, empañada en sudor. Sus ojos, abiertos como platos revelan que está muerta. Su vientre sangra profusamente y tiñe su vestido blanco de un color rojo muy oscuro; el mismo vestido que guardó celosamente en su baúl, dónde guardaba sus secretos de infancia, el mismo vestido con el que felizmente se casó, el mismo que había rescatado momentos antes de huir directamente hacia su muerte. Un amargo destino estaba escrito para los pobres y los viejos. Súbitamente aparecen los soldados. El que va delante es un hombre de unos cuarenta años, bajito, nervioso y despiadado. Forma parte de la avanzadilla de persecución en el bosque. Sus órdenes son claras: capturar al fugitivo vivo o muerto. Está cansado de correr, le pesa la loriga de acero. Se acuclilla frente a la mujer mientras los perros ladran y alborotan excitados alrededor del cadáver. Sin sobresaltarse, posa su mano desnuda sobre el vientre de la mujer, después se limpia la sangre sobre sus calzas. Con un gesto lleno de irritación niega con la cabeza y se incorpora. Después los dos hombres se alejan de ahí. Aldo está en pié con el niño entre los brazos, las lágrimas afloran de sus ojos. En ese preciso instante comprende que su hijo, el pequeño Will, está muerto. De pronto se derrumba y cae al suelo, vencido. A lo lejos se oyen los perros de presa, se acercan peligrosamente. Los campesinos se hallaban subordinados al gran señor, un señor oscuro, amante de las malas artes y ser sin escrúpulos. Jamás se había casado y aborrecía a los niños, pero muy especialmente, odiaba al hijo del antiguo señor feudal, el niño al que vio crecer y le enseñó a odiar más que ningún otro. Envidiaba su condición y codiciaba su poder. El barón era en realidad un substituto, un senescal al servicio de Don Guillermo del Rosal que un día marchó a la gran guerra. Muchos lo daban por muerto pero Drossont no. Cada noche le atormentaba la misma pesadilla: se escondía mientras todos recibían al legítimo señor con los brazos abiertos, después lo encontraban y le rebanaban el pescuezo con una daga afilada como la lengua de una sirena. Tal era su miedo que mando a varios emisarios en busca de noticias, noticias que jamás llegaron. Uno tras otro partió, pero ninguno volvió. La verdad distaba bastante de los sueños delirantes del barón. Ni el joven caballero era un salvador, ni tampoco nadie lo echó demasiado de menos. ¿Acaso con su llegada hubiera acabado la hambruna y la sequía? Se decía que el final del mundo estaba próximo, se predecían más desgracias, lamentos y sufrimientos. Se decía que los caminos no eran seguros y las gentes asustadas por las supersticiones y la peor de las profecías, andaba con el miedo en el cuerpo, sin saber que ocurriría. De momento los siervos perdieron toda oportunidad de heredar la escasa explotación de sus parcelas, pues entregaban al señor lo poco que recogían. Los campos estaban prácticamente muertos, muchos estériles, campos malditos. Sus ataduras a la tierra se estaban rompiendo, como lo hace el suelo con la falta de agua, progresiva e inexorablemente. Ahora no tenían ningún privilegio. Sin cultivar alimentos para el señor se extinguían los derechos por completo, como lo habían hecho ya, muchas de las personas que años atrás reían, cantaban y bailaban alegremente durante la fiesta del solsticio de verano en estas mismas tierras. Ahora sus cuerpos se deterioraban mientras los nobles se atiborraban sin escrúpulos en lujosos salones. Los aldeanos y campesinos empezaban a caer como moscas —estas y los nobles eran los únicos que realmente disfrutaban de un auténtico banquete—, mordisqueando sus cuerpos putrefactos incluso antes de morir, devorando una carne llena de sarpullidos y malolientes fluidos amarillos. Los niños morían en veinticuatro horas y los adultos a los pocos días, dependiendo de su resistencia. Tumores purulentos con inflamaciones del tamaño de un huevo de gallina, se inflaban y supuraban pus constantemente. Todo empezaba con un simple estornudo, después problemas respiratorios, infecciones y fiebres. Las extremidades se ennegrecían y los dedos, antes de caerse, mostraban manchas oscuras, se decía que era la marca del diablo, se hablaba de maldiciones divinas y pecadores arrepentidos. Todos y cada uno de ellos exhibía —como si de un sello se tratara— una lengua negra como la noche. La muerte rondaba demasiado cerca, los establos y las granjas ardían mientras todos los campos se pudrían. Millones de persones estaban muriendo y los cadáveres eran arrastrados en viejas carretas, para ser quemados después, en grandes pilas. El fuego era la única solución a la gran pestilencia, una peste que asolaba con todo a su paso. Los pueblos se cerraban a su suerte. Una época en que los humanos convivían con las pulgas y las ratas negras, las mismas que llegaron a los puertos de Estartion desde el lejano oriente, cuando aún muy pocos, se atrevieran a comerciar más allá de los confines del mar. Los soldados prosiguen su persecución. De repente, uno de los perros interrumpe su correteo y olisquea una mancha de sangre que hay en el suelo, después prosigue excitado la marcha, tirando con fuerza del ayudante del cabecilla, un hombre de mediana edad, alto y robusto que viste la típica ropa de mercenario: yelmo redondo con protecciones, sobreveste marrón oscuro, calzas grises y botas con tachuelas que, por su peso corporal, se clavan con fuerza en la arena, dejando unas profundas marcas en el camino. Aldo se incorpora débilmente, se dirige a un extremo del camino y con gran esfuerzo deja al bebé muerto sobre la hierba. Se arrodilla después ante él y empieza a llorar. A lo lejos se oyen ladridos y gruñidos. Cientos de imágenes pasan por su cabeza. Sentimientos intensos que se le clavan en el alma como fríos cuchillos afilados. Toda obligación, deber, privilegio o derecho que pudiera tener, lo perdió por completo. Su concesión de utilizar las mismas tierras que sus antepasados para su comercio y subsistencia; la protección policial y jurídica; las donaciones por Navidad y Pascua, así como los regalos de cosechas; la provisión —aunque escasísima— de alimentos de emergencia, todo o lo poco que tenía, lo había perdido, como perdió lo que más quería en este mundo: a su mujer y a su pequeñín; su ilusión y su vida. El mismo pequeñín que minutos antes ayudó a nacer en un pequeño claro del bosque. Era la peor situación que pudiera imaginar para el nacimiento de Will. No fue fácil pero, al fin, metiendo sus manos en lo más profundo de Bilma, le dio la vuelta y lo sacó con dificultad. El bebé venía del revés. —¿Porqué no llora? —preguntó Aldo sin dejar de mirar a su hijo totalmente cubierto de sangre. No obtuvo respuesta alguna de su esposa. Se oye el ladrido de los perros, los mismos que había oído antes en la lejanía y que ahora lo tiene acosado. Ha llorado profundamente, conmovido por el dolor. Besa los fríos labios rojos de su hijo y acaricia su fino cabello ámbar. Después se alza con ahínco y retrocede sin dejar de mirarlo. Con sus manos, rebosantes de sangre, deja un falso rastro a lo largo del camino y posteriormente lo atraviesa en dirección opuesta. Se detiene junto a unos arbustos, mira por última vez a su hijo con infinita tristeza y desaparece entre la maleza. Se apresura. Sigue el violento cauce del río. Las aguas heladas del Flúvin jamás se manifestaron tan violentamente; por alguna razón los montes nevados se estaban derritiendo demasiado rápido, perdiendo su manto perpetuo de blanco impoluto. Este efecto podía provocar daños, más enfermedades y catastróficos desperfectos. Pero ahora ese es el menor de los problemas de Aldo que, no deja de pensar en su familia y en sus amigos, mientras teme por su propia vida. Se tropieza pero sigue corriendo con falta de equilibrio, peligrosamente. Berengario era un pequeño administrador con ansias de poder. Veterano de las batallas normandas, hábil con la espada. Demasiado viejo para ir a la gran guerra y sobradamente astuto para no prosperar a base de toda la obediencia que precisase su señor y de todo el chantaje que estuviera en su mano, una mano tan cruel como lo era la que le daba de comer. Se había convertido en el cabecilla y —personalmente esta vez— quería escarmentar al instigador comarcal que tantos quebraderos de cabeza le había traído. Le parecía imposible que un insignificante campesino hubiera conseguido llegar tan lejos. Se acuclilla frente al bebé muerto. Posteriormente se incorpora y golpea con el puño al soldado que lo acompaña, descargando toda su ira. —¡Ese maldito bastardo agitador no puede escapar! —lo amenaza muy enojado. Se percata de unas pisadas en el suelo, siguen el margen del camino. Recorre el flanco, muy concentrado, en busca de más pistas. Los perros ladran de manera recalcitrante; el que permanece cerca del recién nacido intenta morderlo y casi lo consigue. De pronto arrastra al soldado directamente hasta el otro lado del camino, junto al mismo arbusto por donde ha huido Aldo momentos antes. El perro gime ahora con ansia, ahogado por la correa que estrangula su cuello, con fuerza, y se pone más nervioso. —¡Por aquí! —grita Berengario antes que desaparezcan los dos siguiendo el camino. Aldo corre no sin dificultades por el interior del río y constantemente mira a sus espaldas. Súbitamente se detiene, a punto de caer. Está al borde del abismo. Se resiste con todas sus fuerzas a la caída pero el suelo es demasiado resbaladizo. Trastabilla, se tambalea en exceso perdiendo todo equilibrio y finalmente se desploma sin poder evitarlo. Se vio arrastrado por la turbulenta catarata de Hardran, como se vio arrastrado el día que decidió actuar por cuenta propia. Sabía que comportaba riesgos y aunque nunca intuyó un final tan triste y amargo, la verdad es que disponía de poquísimas oportunidades. La muerte rondaba aquellas tierras ahora malditas y sus alternativas eran demasiado reducidas. No podía soportar más aquella situación. Cada vez con más frecuencia, Bilma caía enferma, la fiebre no bajaba y él también empezaba a sentirse débil. Aunque su padre falleciera a principios de ese mismo año y fuera una boca menos que alimentar, la verdad era que no tenían prácticamente nada. Las pocas existencias que les quedaban estaban a buen recaudo, en un pequeño cobertizo, esperando que el recaudador y sus sabuesos se lo llevaran y los dejaran sin nada, abandonados a una muerte segura. Entonces se despidió de Bilma, prometiéndole un futuro mejor. Viajó durante semanas por toda la comarca y se reunió con viejos amigos y muchos vecinos. Estaba decidido a reunir a todos los que, con él, se atrevieran a cruzar las fronteras permitidas para comerciar libremente en el gran mercado de Mesatlú, donde los hombres eran libres de hacerlo. Convocó una reunión a la que asistieron en secreto centenares de campesinos, muchos de ellos hastiados por su situación. Los alentó a luchar por sus familias, por sus hijos, por sus vidas e ir a comerciar con lo poco que tuvieran. Los productos de la comarca eran famosos y muy apreciados por su sabor. Sabían que si jugaban bien sus cartas, podían volver a casa en una mejor situación, pagar después los diezmos y así sobrevivir a su miseria. Era arriesgado, pero también lo era esperar su propia agonía, una muerte larga y dolorosa por inanición. Convenció a varios de ellos y emprendieron un largo viaje que duró tres semanas. Volvió a su humilde hogar con más alimentos —tal como predijo—, más entusiasmo y con unas medicinas compradas a un viejo boticario residente en un sórdido barrio de la ciudad. Le aseguró que le salvarían la vida y le devolvería la esperanza. Pero a los pocos días de su vuelta, se enteró que estaba en busca y captura. Además Eamonn, uno de los vecinos y amigo que lo había acompañado, colgaba ahora de una soga, ahorcado como una bestia, sin derecho a ningún funeral ni capellán que consolara su desdichada alma, para ser precipitado después —con indiferencia y repugnancia—, en un hoyo olvidado, sin cruces benditas; sin llantos ni amigos, sin el amparo de su familia. Tan sólo las lágrimas lejanas llenaban el pozo de la piedad. Disponía de muy poca ventaja, su amigo no vivía muy lejos, así que cogió lo realmente imprescindible y empezó a correr con su esposa, preñada y enferma. Tenía la esperanza de llegar más allá de las montañas nevadas y encontrar un futuro mejor para él y su familia. En lo más profundo del bosque de Ooné, se extendían centenares de hayas de corteza oscura y lisa, troncos gruesos y erectos que se perdían en las alturas. Se decía que quién entraba en ese lugar no salía jamás, pero eso no asustaba en absoluto a un valiente soldado de Dios que volvía de las cruzadas, de la gran guerra. Aquel joven, ingenuo y aventurero, se había convertido en un hombre curtido y con experiencia. Un caballero medieval fuerte y viril. Su tez fina y delicada mostraba ahora una cicatriz que le cruzaba la cara, tan sólo disimulada por una gran barba canosa. Viste yelmo de acero sujeto por un pañuelo azul que envuelve el cuello. Loriga y sobreveste blanco sobre una cota de malla. En el pecho se observa lo que antes era la insignia de un águila dorada, deteriorada por el tiempo. Un tiempo que le había servido para aprender a protegerse y a no confiar en nadie. Había aprendido a matar, se había convertido en un soldado audaz y sin escrúpulos que sabía asesinar. Había estrangulado con sus manos, combatido en grandes batallas cegado por las tormentas de arena, había tomado los puertos de Aco y Apameo y sin duda hablaba mejor que nadie el lenguaje de la espada, la misma que, ahora amarrada a su cinto, había arrebatado tantas vidas, con su filo despiadado, en nombre del señor muchas veces y por voluntad de la codicia, muchas otras. Va montado a lomos de un caballo de batalla, un noble corcel negro azabache cubierto de gualdrapas metálicas, con dos grandes alforjas. Resopla ante una bifurcación que hay en el camino. Don Guillermo titubea ante los dos posibles caminos. Mira hacia el cielo, la luna está totalmente llena; vacila antes de agitar las riendas de su caballo para desaparecer luego, por el camino que lleva a la derecha. A lo lejos se oye el aullido de un lobo. Aldo —no muy lejos de allí—, ha sobrevivido a la caída y durante bastante rato, ha seguido el curso del río hasta su orilla, gracias a un tronco hueco y maloliente que le ha servido de apoyo. Ha conseguido escapar de sus perseguidores, pero se ha metido en lo más profundo del bosque de hayas, el lugar del que hablaban las más temidas leyendas de antaño. Se dice que hacer leña de sus árboles caídos trae mala suerte. Un lugar recóndito y perdido al que nadie, en su sano juicio, se atrevería a entrar. Mojado y sucio de lodo, tiembla de pies a cabeza, tiene frío y mucha hambre. Lleva andando varias horas, sin saber muy bien a donde se dirige. Empieza a atardecer. Cojea ligeramente y mira constantemente a su alrededor, entre los arrabales de la espesura del bosque, asustado. Aunque siempre hubiere rehuido de mitos y supersticiones, sentía un miedo profundo instalado en su cuerpo. Siempre pensó que las historias sobre el bosque, eran cuentos para niños, que los viejos explicaban para asustarlos durante las frías noches de invierno, delante del fuego, antes de irse a dormir. Entonces tenía demasiado trabajo para escuchar esas fábulas que siempre había creído pura invención, como lo eran las horribles profecías que se escuchaban cada vez con más asiduidad. De pronto, se escucha el aullido de un lobo mezclado con el crujido misterioso de los árboles y Aldo acelera el paso. Cuando descubre que, al aúllo le siguen los gruñidos de la manada, empieza a correr de nuevo, con todas sus fuerzas. Los lobos, como todos en aquel tiempo, están hambrientos. Escasea la carne, el pescado, la fruta e incluso los insectos. Miden unos dos metros y corren juntos, al acecho. La manada responde al alfa, el dominante, de color blanco y gris, pero todos juntos, forman combinaciones de oro, marrón y rojizo, los mismos tonos del bosque. Son parte de él, como lo es ese territorio profanado por el ser humano. Persiguen a su próxima víctima, y aunque sea pequeña, la recompensa es grande entre tanta escasez. El hambre los arrastra despiadadamente hacía el pequeño y delgado cuerpo del campesino, que se precipita entre la hojarasca y las ramas caídas, sin mirar hacia atrás. Corre directamente hacía una luz fuerte y muy intensa que se filtra entre la maleza, al final de la floresta. Súbitamente, Aldo emerge decidido de entre unos arbustos que rodean en parte, un gran valle. De repente, su impulso se ve frenado en el acto, como si una fuerza extraña lo hubiera cogido enérgicamente del brazo. Se da cuenta que su manga ha quedado engarzada en el ramal. Los lobos lo rastrean, están peligrosamente cerca. Con más fuerza que maña logra soltarse, desgarrando parte de su manto. Sigue corriendo, adentrándose en el valle, donde únicamente se alza un majestuoso árbol milenario, un enorme olmo elevado y robusto, patrimonio de aquella zona. El tiempo le había dejado desarrollar un grueso tronco, tanto, que diez hombres adultos, cogidos de la mano, no conseguían darle la vuelta. El mismo por donde ahora Aldo repta. Su corteza es lisa y eso hace que resbale una y otra vez, pero el miedo lo empuja hacia su amplia copa, de follaje denso y redondeado. En el último momento, justo antes de lograr subir al árbol, el líder de la manada salta con furia y casi logra morder su tobillo. Los lobos refunfuñan, molestos desde abajo, saltan una y otra vez, agresivamente, sin lograr alcanzar su objetivo. Poco a poco, su energía mengua y adoptan una actitud de espera mientras lanzan amenazantes gruñidos llenos de impotencia. Aldo, atemorizado, se quita el cinturón; un cinturón hecho de soga, muy largo y sin trabilla. Lo anuda a la rama más sólida que encuentra y se lo vuelve a pasar por la cintura. Está a unos ocho metros de altura, que no es siquiera la mitad de la altura de tan soberbio ejemplar, un árbol monumental que forma parte de la humanidad desde los albores del tiempo y que en su sombra se cobijan siglos y sentimientos inmortales. Con resignación, se acurruca en un rincón, al lado de las hojas ovaladas y puntiagudas; dobla su cuerpo, se encoge, como si quisiera ocupar menos espacio, tiene mucho frío y está asustado, pronto caerá la noche.

Segunda Parte

E l valle, bañado por la luz de la luna llena, ilumina el viejo olmo, proyectando una intensa sombra sobre el suelo. Todo está sumido en un extraño silencio. A lo lejos se aprecia la silueta de un caballero cabalgando, se dirige hacia el árbol. Aldo está sumido en un profundo sueño, juega con su mujer y su hijo, son felices al lado de un arrollo. Bilma lava la ropa y el pequeño Will corretea y se ríe mientras él lo persigue hasta que los dos acaban dentro del agua. Lo coge en brazos y cuando se dispone a besarlo, el cielo se nubla de repente, el sol desaparece y todo empieza a temblar, su hijo quema, le abrasa las manos pero se niega soltarlo. Mira a su mujer pero ya no está, se ha esfumado. Sus manos están rojas de dolor y la sangre se mezcla con el agua del río. De pronto se despierta, sobresaltado por la pesadilla. Instintivamente mira hacia abajo y exhala aliviado, los lobos han desaparecido, no hay rastro de ellos, así que desata la soga y comienza a descender, cuando, por casualidad —sin prestar demasiada atención—, avista a lo lejos al caballero medieval y, asustado, se esconde lo mejor que puede en lo más profundo de la copa del árbol. Mientras, lejos de allí, los dos soldados que dieron caza al pobre y humilde campesino, se encuentran en su granja. Allí los espera el barón, impaciente y visiblemente enfermo. Muestra un inmenso bubón en su cuello, una ulceración inflamada y purulenta del tamaño de un puño. Sin que él lo supiera aún, el proceso de infección estaba en marcha y su muerte era inevitable e inminente. Los treintaidós músculos de su lengua han empezado a manifestar un tono cada vez más oscuro y cuando grita a los dos soldados que tiene delante, lanza decenas de esputos. Secreciones escupidas por su boca llena de ira e infestación. —¡Malditos cobardes! —ataca el barón de Drossont mientras abofetea a Berengario, el cabecilla—. Os pido la cabeza de un vulgar ladrón y me traéis un niño muerto. Los soldados se limitan a mirar al suelo, sin decir nada, asumen su culpa con resignación. —¡Lleváoslos de aquí! —continua el barón—. Mañana colgareis de la horca. Recostado sobre la corteza del árbol, descansa —medio borracho—, el noble caballero. Frente a él, un conejo se asa sobre la hoguera, su superficie está totalmente tostada. A un lado tiene restos de comida sobre un plato, al otro, su larga espada, compañera de tantas fatigas y viajes. La misma que había ajusticiado brutalmente a los infieles, la misma que luchó en Constantinopla hasta que la ciudad ardió por completo. Los caballeros como él, eran custodios de la paz, asesinando y azotando sin compasión a todo aquel que se opusiera a la nueva fe. La reconquista de Tierra Santa fue larga e incómoda; la protección de sus símbolos era una ardua tarea. Misteriosos objetos rituales que bien valían la vida de los mortales, como el cáliz de Cristo, la copa de la última cena o la temible caja de acacia y oro, el arca de la alianza, el arca del poder; la misma que guió a Moisés a través del desierto, el mismo que subió a la montaña de Djebel Musa, el monte Sinaí. Se trataba del objeto más enigmático y codiciado, por su mortífero poder. Dicen que una nube plateada la sobrevolaba, llevando con ella, la muerte y la destrucción. El arma más temida y prodigiosa que el hombre jamás conoció. El próspero soldado de fortuna vivió algunos años en Jerusalén, la ciudad Santa, donde se conspiraba constantemente, donde se buscaban, sin descanso, túneles y cámaras secretas para hallar el templo del rey más sabio y justo del mundo, el rey Jedidías, más conocido como Salomón. Nunca lo encontró, pero con el tiempo amasó una buena fortuna y muchos favores. Estaba harto de matar y hastiado de vivir tan lejos de sus tierras. Añoraba su regreso y más que nada en el mundo, por mucho que el tiempo hubiera pasado, a Silvana, su amada. Pese a sus actos despiadados, guardaba en su interior la chispa del amor y a veces le anegaba un profundo sentimiento que creía no poseer. Aquel hombre que no sentía pena ni compasión, sentía el temor de no volver a verla. Da un largo trago de una botella de barro cocido que sostiene en la mano. Los ojos le pesan, bosteza y finalmente se queda dormido. Momento que aprovecha Aldo para salir de su refugio. Empieza a bajar, muy lentamente, con extrema cautela. Inesperadamente se tambalea a la vez que agita unas hojas y algunas de ellas caen sobre el caballero, que dormita plácidamente. Una se posa justo en su cara y, de manera automática, la aparta. Aldo empieza a sentir una sensación de calor en su interior, un sofoco de miedo y suda copiosamente. Por suerte, el caballero, sin prestar mayor atención, continúa durmiendo como si nada hubiera ocurrido y el campesino sigue bajando. Está muy oscuro. De pronto relampaguea y en la orilla del bosque, cerca de donde salió el caballero, se adivina apenas la silueta de un hombre alto y delgado, vestido con una holgada túnica negra, bolsa de cuero y un largo báculo. Al rato, un trueno resuena en la distancia y una nube pasa por delante de la luna, las estrellas, a su lado, brillan rutilantes. El hombre avanza hacia al árbol con paso firme. Cuando está a poca distancia, observa al caballero dormido en la base del árbol, la hoguera permanece encendida. El viento sopla con más fuerza y Aldo sigue descendiendo —lento y sigiloso—, sin advertir al misterioso viajero. Está a pocos metros del suelo cuando, de repente, oye el crujido de una rama y se detiene por completo, otra vez el miedo se apodera de él. Siente su cuerpo estremecerse, se acobarda y vuelve a su rincón, buscando, de nuevo, la protección de la oscuridad. Un relámpago ilumina brevemente al extraño, tiene la punta de la espada justo en la garganta. —¿Quién sois? —pregunta sosegadamente el caballero a la vez que retira un poco su espada. Su cuerpo permanece en la penumbra, pero su rostro se muestra con mayor detalle a la luz de la llamas. Sus facciones son ambiguas; su pelo liso, largo y negro, no puede esconder una calvicie avanzada. —¡Soy su más humilde súbdito! —responde con un ligero acento árabe. Después hace una reverencia y continúa. —Tan sólo un peregrino que viene de tierras lejanas. Busco el cobijo y la protección que otorga tan noble caballero. La tormenta truena a lo lejos y el caballero, aún ebrio de vino, retira completamente su espada y le ofrece un trago al peregrino. —¡Qué Dios le bendiga! —dice el peregrino mientras rechaza la botella con un gesto de su mano. Aldo, escondido en las alturas, mira intrigado hacia abajo, sacando peligrosamente la cabeza de su escondite. En la gruesa base del árbol, el caballero y el peregrino, están sentados el uno al lado del otro. La fogata es menos intensa y sólo queda medio conejo asándose. El caballero mastica antes de eructar. Posteriormente deja las sobras sobre el plato y lo posa en el suelo, a su lado. —Maldita sea la ironía —dice con la boca llena, vocalizando con dificultad—. Un caballero del Rosal, al servicio de Dios que, después de años de cruzada, se extravía justo al llegar a sus tierras. —El señor siempre ofrece misteriosos caminos —responde el peregrino mientras mira al cielo. Las estrellas lucen centelleantes. Los dos hombres hablaron de la guerra, la miseria y la desdicha que arrasaba el mundo. Y su conversación trataba temas cada vez más profundos, temas más prohibidos. Hablaron de la verdad, de la Creación, de la salud y la enfermedad, de cómo el ser humano se ve envuelto en los efectos de su pura ignorancia. De la fe que destierra al temor incondicionalmente. Del amor del alma y del espíritu. Hasta que llegaron a un tema más profundo: la muerte. Dios advirtió que la muerte vendría con la ingesta del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, el mismo fruto del pecado original, el último obstáculo a vencer. —Observo que sois hombre de mundo —replica el caballero—. Sería maravilloso disponer de más de… —¿Una vida? —corta el peregrino sonriendo—. ¿De más tiempo? ¿De la inmortalidad quizás? El caballero asiente con la cabeza. —¡La vida! —continua el peregrino—. La vida se repite una y otra vez, como los ciclos de la lluvia, como las estaciones, como una reencarnación. —He escuchado millares de historias como esas —ataca el caballero obstinado—. ¡Cuentos para niños! ¡Decid! ¿Por qué no recordamos nada de lo que fuimos en vidas pasadas? —Imaginad, noble caballero, que si en otra vida fuisteis esclavo o asesino, os sentiríais desgraciado al recordarlo. Por eso mismo, osado caballero, nada de nuestras vidas anteriores recordamos. De repente, un ventolera se agita momentáneamente entre el ulular del viento. El peregrino sigue hablando con un tono profundo y relajado, sobre lo inútil, superfluo, vacío y poco provechoso que era tratar de traer el pasado hacía el presente, jamás seriamos capaces de recordarlo. Según él, la vida era como una escuela y cada vida un nuevo grado a perfeccionar a lo largo de muchas más. Le habló del Karma, la ley de la causa y el efecto, sobre la deuda que contraemos con el mal y la recompensa que ofrece el bien. Cuando el individuo desarrolla una plena distinción y se completa totalmente de luz y de verdad, cuando siente que no ha de perdonar, ya no tiene nada que aprender y por fin el espíritu se eleva más allá de la comprensión humana. El caballero escucha atento, está absorto, como distraído. —No os preocupéis —continua el peregrino—. Es buen presagio llegar a vuestras tierras con luna llena. Pronto encontraréis vuestro hogar. Bien sabéis que los tiempos están cambiando y también sus costumbres y lugares. —¡Demasiadas guerras anciano! Demasiadas injusticias —exclama el caballero, con desanimo. Toma un trago y ofrece la botella a su contertulio; este la vuelve a rechazar. —Vuecencia debe tener la mayor de las virtudes: la paciencia —añade con voz sibilina—. Cuando las estrellas no hablan es preciso hallar otros caminos. El caballero mira ahora con mayor curiosidad al sabio peregrino. —Este viejo —continua—. Este humilde peregrino se ofrece en su auxilio. Si vos deseáis. —Acaso sabéis —dice sorprendido— ¿Dónde se encuentra el Rosal? —Yo no mi señor, pero… El peregrino hace una pausa a la vez que muestra una tímida sonrisa. Extrae de su bolso de cuero gastado, una pequeña cajita de una brillantez excepcional. Está hecha de piedras preciosas. Después se la ofrece al caballero, que la coge con retraimiento y la examina curioso. —Esta cajita de gemas y diamantes, me la regaló una vez un sabio rey. Ella os revelará el camino. —¡Mostrádmelo! –dice sobrecogido—. ¡Os lo ruego! Hace ya sobrado tiempo que no veo a mí amada. El peregrino asiente con la cabeza y coloca sus largos dedos en la barbilla. —Abridla y escuchad lo que os diga. El caballero la abre con desconfianza y tímidamente, se la acerca a la oreja. —Acercadla más a vuestro oído, magnánimo caballero. Escuchad la voz de la sabiduría y la verdad. El caballero sostiene la caja abierta junto a su oreja, pero no oye nada y niega con la cabeza. —Tened calma —le susurra el peregrino. Entonces la acerca aún más a su oreja y presta mayor atención. Cierra los ojos e inclina ligeramente el cuello, tratando de escuchar mejor. Entonces, una sombra se cierne sobre el caballero. Inesperadamente, el peregrino se abalanza con energía contra el noble hidalgo, totalmente distraído y muerde su cuello, con impulso, con nervio y con firmeza. Horrorizado e inmóvil, Aldo observa desde las alturas y escucha, perfectamente, el gemido agudo y colmado de agonía que emite el caballero medieval. Su cara muestra una gran repulsión y su mirada queda fijada en los perversos ojos blancos e inyectados en sangre del peregrino; está en pleno éxtasis. Su cabeza erguida se agita de manera espeluznante y abre las mandíbulas en exceso, mostrando unos enormes colmillos, llenos de sangre. Pese a estar encarados, el peregrino no advierte la presencia de Aldo. Este, sin esfuerzo aparente, mantiene al caballero totalmente inmovilizado con sólo una mano. Está herido y desorientado. Manotea y lucha por soltarse, pero no lo logra. —El destino baraja las cartas —dice el peregrino—. ¡Y yo soy quién las mueve! La herida luce realmente mal y el caballero, muy debilitado, expulsa un nuevo gemido y levanta una mano, como para protegerse. El peregrino le mira con desagrado mientras ríe excitado e indica silencio con su dedo. —Lo que al cuerpo suceda no importa. ¡El alma! El alma es lo que quiero de vos. El alma, ese fantasma escurridizo y misterioso que se creía estaba dentro del corazón. Como las dos caras del amor, el alma se dividía también en una confrontación tan antigua como la del bien contra el mal. Donde residen las emociones y los sentimientos más profundos del ser humano y las fuerzas que rigen su mecanismo son del todo desconocidas. Un lugar espiritual y maravilloso que podía convertirse en ilusión aterradora en demasiadas ocasiones. La realidad era un laberinto de dudas, miedos y supersticiones, a la vez que, un don y una puerta de entrada, hacia el arte, la belleza o la música; un privilegio dado a muy pocos en aquella época. Súbitamente, el peregrino, como si de un funesto depredador se tratara, vuelve a morder en el mismo lugar, hunde sus colmillos con una fuerza aún más brutal y la sangre empieza a manar a borbotones. El caballero se retrae entre sacudidas y empieza una convulsiva pugna de todo su cuerpo en movimientos sobrehumanos. Finalmente, cae de lado, como un objeto inanimado. —Quizás algún día, nos veamos en el infierno —exclama el peregrino. El noble caballero medieval, Don Guillermo del Rosal, amo y señor de aquellas extensas tierras ahora malditas, permanecía inerte en el suelo, con los ojos abiertos de par en par. De repente, emite un último sollozo y su mirada se clava en el rostro de Aldo, que tiene la cara desencajada y la mirada perdida; está en estado de shock. No puede más y finalmente se desmaya. Al amanecer, en la distancia se aprecia el árbol sin nadie a sus pies. A escasos metros, el caballo está comiendo hierba mientras los pájaros cantan. Tan sólo permanecen encendidas las brasas, algunos carbones están aún ardiendo. A su lado quedan restos de comida y la botella de barro tirada, como el cuerpo de Aldo, que permanece totalmente dormido e inconsciente, suspendido de una rama, sujeto por la soga, ahora alzada a la atura de sus axilas. De repente se despierta sobresaltado y se mueve como un animal atrapado, está aturdido, confundido y mira nervioso hacia abajo, asustado. Cuando se convence de que no hay nadie más, se relaja y deshace la cuerda, no sin problemas, para después caer de espaldas al suelo. Se incorpora a la vez que sacude su delgado cuerpo entumecido. Está hambriento, así que coge los restos del conejo asado y engulle con avaricia, casi se atraganta pero sigue tragando con ansia. Después da un largo trago de la botella hasta que no queda nada en su interior y la tira a un lado, con rabia. Eructa y exhala por fin aliviado. En su rostro juvenil, se dibuja la esperanza, a pesar de todo a sobrevivido. Su alma bondadosa y llena de amor había pasado inadvertida a los ojos del peregrino, como el pensamiento puro pasa inadvertido a los ojos de la maldad, como lo hace la luz al neutralizar a las sombras. Durante un momento permanece meditativo, como pensando en todo lo que le ha ocurrido. Se dirige después con paso firme hasta el caballo negro y monta a horcajadas sin que el animal se inquiete y se aleja hasta confundirse en el horizonte sin saber, que en el interior de las alforjas que porta el valeroso caballo de batalla, se encuentra un gran tesoro, en monedas de oro y plata. El botín de guerra del caballero, un botín que había guardado celosamente en secreto hasta su último aliento. Un tesoro que convertía a Aldo, en uno de los hombres más ricos del país. La muerte es lo único seguro en la vida, como lo es cada paso que damos hacia ella con determinación. Dicen que es peor temerla que obedecer a su designio, aunque algunas viejas leyendas lo desmientan, leyendas lejanas y olvidadas como el paso del tiempo. El mismo que azotó aquellas tierras y a muchas otras con el paso de una pestilencia que acabó con más de doscientos millones de personas, donde muy pocos, pudieron construir los cimientos de un nuevo mundo que, aplastaría por completo la memoria —ahora perdida— de aquellos tiempos remotos, así como su arcana intimidad. A la luna le siguió el sol, al sol las nubes, a las nubes por fin las lluvias que barrieron todo aquel horror; al horror le siguió el júbilo de la esperanza y para algunos también la fortuna. Se repitieron una y otra vez las estaciones en un ciclo interminable, hasta que toda huella de lo sucedido en aquel valle se borró, excepto el gran árbol milenario, que aún permanece allí, arraigado con fuerza. Se alza solemne y majestuoso como siempre. La cegadora claridad del día lo ha bañado durante largas horas. Ahora, el viento gime con suavidad y balancea su copa de una manera extraña mientras las nubes pasan ante la luna llena. Empieza a atardecer y las estrellas en el cielo, brillan metálicas, sus destellos son como diamantes que se pierden. De pronto, aparece una pareja de enamorados cogidos de la mano, ataviados al más elegante estilo victoriano. Elisa, la hija del conde, es una joven coqueta y presumida, es realmente atractiva. Su vestido de crinolina blanco inmaculado realza aún más su belleza pura e impoluta. En su mano porta una cesta que se mueve al compás de sus refinados pasos. La acompaña un gentil caballero vestido con una larga levita de terciopelo rojo, sombrero de copa; se ayuda de un bastón al andar. Los dos se dirigen hacia el árbol. Apoyada en el tronco, Elisa saca de la cesta, una botella de vino y la coloca frente a dos selectas y delicadas copas de vidrio que descansan sobre una manta de picnic. —Teníais razón. Este lugar es realmente maravilloso —exclama emocionada mientras sigue sacando del interior de la cesta, un plato de carne asada y unas hogazas de pan. Lo posa exquisitamente sobre la frazada. De repente, de detrás de Elisa, aparece su distinguido acompañante. Su tez es extremadamente blanquecina. Se quita el sombrero y se adivinan sus rasgos afilados y delgados. Su pelo largo, negro azabache, no puede esconder una abundante calvicie y su mirada inquietante, a la vez que ambigua no deja lugar a dudas. Aquella cara seductora y amable es la misma que buscó el cobijo y la compañía del caballero Don Guillermo, el mismo peregrino que durante siglos fue errante por aquellas tierras. Su nombre es Baal Zaabat, aunque tiene muchos nombres; algunos le llaman Belcebú. Nació el año 2800 a.C. en un pequeño pueblo al lado de la famosa ciudad de Alejandría. En su juventud emprendió un viaje en busca del nuevo mundo. Su viaje le llevó hasta más allá de sus propias fronteras, hasta la ladera de las montañas nevadas, la cordillera montañosa de los Pyrinés. Allí, en un valle encantado, bajo un majestuoso árbol milenario, hizo un pacto con el mismísimo diablo, que como Dios, está en todo y en todas partes, aquí y ahora, en todo lo que nos rodea y Baal —sin querer— lo estaba buscando. El diablo le ofreció la inmortalidad con una sola condición, a la que accedió aquel joven ingenuo con facilidad, ante sus hipnóticas artes oratorias. Este le dijo que para saber vivir, debía aprender primero a morir. Firmó un contrato con su propia sangre, a fuego con el mal, que le obligaba a volver perpetuamente por toda la eternidad. Se debía a la limosna de su amo y cada cien años exactamente, bajo el influjo de la luna llena, acudiría como un lacayo al mismo lugar para devorar un alma rica y mortal. De no ser así, el diablo ganaría su apuesta y se quedaría con el alma del peregrino y todas las otras que este había devorado. Entonces, y sólo entonces, su alma malvada y castigada, ardería en el averno, condenado al sufrimiento eterno. Pero ese momento aún no había llegado, seguía embaucando y asesinando. Su naturaleza animal le obligaba a comer carne, con una necesidad y un deseo insaciables. Falsos son los profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis, pues no se cogen uvas de los espinos ni higos de los abrojos. —¡Me encanta este lugar! —añade Elisa entusiasmada—. No puedo imaginar velada mejor. A lo lejos, se oye el aullido de los lobos y como el viento susurra en una lengua ya olvidada, la suerte de los que por aquel remoto lugar aparecieron. —Gracias madame —dice Baal mientras toma la mano de ella, con delicadeza; dispuesto a besarla, pero en el último momento vacila. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro y su mirada penetrante, se clava en los ojos de la joven y hermosa hija del conde. —La velada es maravillosa y vos sin duda, el más exquisito bocado.

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Publicado por en marzo 9, 2009 en Cuentos, Descargas, General

 

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Más allá del bosque

Más allá del bosque

Ya saben que solo hay dos razas: la creativa y la no creativa. Estoy seguro de que usted es de la primera y me da la sensación que, poco a poco, con voluntad, cada vez seremos más y el mundo un poquito mejor. Como regalo de navidad para todos vosotros/as, a todos aquellos que, por una razón u otra, les han llegado mis historias; amigos y amigas que siempre cariñosamente me han tendido la mano, gente creativa y maravillosa. Pongo a vuestra disposición mi primer cuento para que entren a un mundo sin fronteras, donde todo es posible y nada parece imposible. Les invito a entrar en el mundo de:  “Los cuentos de Luna llena”, esperando que disfruten de la lectura, una lectura que les llevará más allá del bosque.

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Publicado por en diciembre 15, 2008 en Cuentos, Descargas, General, Notícias

 

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