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Las banderas de la libertad

03 May

Valentín Fernández-Tubau es, además del co-fundador, director técnico de abcguionistas, guionista, asesor internacional de guiones y psicólogo, un buen amigo al que tuve la oportunidad de conocer ya hace unos años, un tipo extraordinario, lleno de energía y de la pasión necesaria para estar siempre inmerso en uno u otro proyecto, todos ellos muy interesantes y dotados de una gran dosis de humanidad. Os dejo este artículo que habla de su visita a la Escuela Internacional de Cine y Televisión de  San Antonio de los Baños (Cuba), donde coincidió con otro de los grandes, Eliseo Altunaga.

Tenía el día planeado para pasarlo en La Habana con mi amigo, el dios del guión Eliseo Altunaga. Íbamos a hablar distendidamente de la idea que llevamos barajando desde hace poco más de un año: la creación de una agrupación de quick fixers de proyectos audiovisuales a escala internacional. Pero, para mi sorpresa, la revelación del día la tuve con Eduardo el “Grande”, el chófer que me recogió en la Escuela Internacional de Cine y Televisión, en San Antonio de los Baños, para acercarme a la capital cubana.  Su pelo blanco coronaba un cuerpo de gladiador de cerca de dos metros.  Su aspecto de nórdico colosal le había llevado a curiosos equívocos y que se le acercasen mujeres hablándole en inglés era ya mera rutina. Sólo su verbo inequívocamente cubano podía desbaratar la efímera ilusión. Pero si algo caracterizaba al Grande más que su cuerpo, era su buena pasta. “Para ser feliz me basta con lo que tengo: una mujer que me quiere, un hijo que puede caminar por la calle sin problemas, un país sin guerra y un trabajo en el que se me aprecia y que me gusta”.  Cuando me lo dijo, pensé: ¡Qué razón tiene! ¡Qué mayor riqueza que esa, aunque muchas veces nos olvidemos de apreciarla!

El Grande trabaja para la escuela de cine y televisión. Transporta a profesores de un lado a otro. De San Antonio a La Habana o a cualquier lugar que se tercie.  Ha conocido a varios de los grandes del cine y algunos piden expresamente por él cuando visitan la isla. Por la buena energía que emana. Es un hombre tranquilo, de los que transmiten paz, sin importar cuándo o dónde hayan nacido. Me habló de amigos que fueron a otros lugares, hicieron dinero, y regresaron de visita, cambiados y arrogantes.  El empacho nunca sienta bien. Y, una vez más, me dije lo relativas que son las cosas. Los creadores de historias sabemos que el triunfo no siempre es pasaporte a la felicidad, sino que puede significar todo lo contrario.

Mientras me acercaba a la Habana en dirección a casa de Eliseo, vi, como tantas otras veces, rostros sonrientes y relajados, gentes que no sabrían esconder su alegría, con quienes la comunicación es fácil y agradable. Como en todas partes, los hay de otros colores, pero el conjunto luce rostros mucho menos torturados que los de cualquier capital europea. Sin estrés. Sin depresión. Sin ira ni resentimiento…Saben que podrían vivir mejor y lo anhelan. Pero no les amarga ni les roba la cordialidad. Por eso, cada vez se me antoja menos comprensible el embargo que aún sufre esta gente. Porque quien lo padece no es el gobierno, sino el pueblo. ¿Y qué culpa tiene un taxista de lo que dictan sus gobernantes? ¿Qué culpa tiene una madre necesitada de leche y pañales de lo que decide un señor desde su tribuna? ¿Qué culpa un vendedor de croquetas de si hay o no una dictadura?

Hace 35 años, éramos nosotros quienes en España estábamos bajo una de ellas. ¿Acaso éramos también merecedores de embargo por no tener una democracia? ¿Éramos todos fascistas de bigotín por vivir en tierra ibérica? ¿Y los chilenos en época de Pinochet? ¿También eran merecedores de castigo por haber dejado que un militar golpista se apoderara del país? Pero la ilógica se extiende aún más… ¿Es que tanto se transforma el conjunto de un pueblo entre el antes y el después? ¿Acaso cuándo cambia un gobierno sufrimos una metamorfosis kafkiana o una conversión divina, a capricho de quien nos mira? ¿No es eso un espejismo? ¿No somos acaso el mismo pueblo sólo que con diferente piloto? Entonces, ¿por qué  ensañarse con gente que, además, no decide la situación que le envuelve?

Realmente, hay que venir a Cuba para ver lo que es la gente de Cuba. Igual que hay que ir a España  o a Estados Unidos para saber cómo es alguien de allí. No basta imaginárselo. No es suficiente con acudir a un ridículo estereotipo de película barata. El cubano no es un rostro serio con el puño en alto, malas pulgas y espíritu agresivo. No lleva hoces ni martillos tatuados en carmesí en el antebrazo por mucho que alguien se lo quiera imaginar así. Y tampoco es  alguna de esas malas caricaturas que desembarca de vez en cuando en nuestras costas.  Tan estúpido resulta sostener esas ideas como imaginarse a un estadounidense contando dólares como tío Gilito, mascando chicle con la boca abierta y pisoteando a la gente para obtener un beneficio.  Descorramos las cortinas de la necedad y observemos la vida real.

Mi roce con el cubano me ha hecho percibir que es un ser de espíritu afectivo y hospitalario, que viste habitualmente con estética yanki y le apasiona bailar al son de salsa… Le suele gustar el béisbol y también el fútbol. Abundan los seguidores del Barca y del Real Madrid. Un buen número de ellos se las ingenia para seguir el ejemplo de los hoteles y captar la CNN, telemovies del norte americano, y lo último de HBO, subtitulado al español.  La mayoría de sus mujeres prefieren los culebrones latinos, mientras algunos jóvenes ven, como los nuestros, “El internado” y los pequeños se distraen con los mismos dibujos y muñecos que los de cualquier otro país latino o anglo, porque los guionistas los hemos convertido en códigos universales.

Las mujeres son más bellas que las de muchos otros lugares y tienen mucho mejor humor… cuando están de buena onda, claro. Los hombres, lo mismo que yo, beben cerveza y Coca-Cola, sólo que importada de México; son pragmáticos y prefieren la vida a la filosofía. Al  cubano lo siento tan cercano como al canario o al andaluz, a pesar de que llevo un 25% de sangre andaluza en las venas. Así que cuando estoy en Cuba no me parece estar más lejos de España que si visito Lanzarote o Huelva.  Así de simple.  En lugar de papas canarias con mojo o pescaíto frito, como arroz con camarones y saboreo un café fuerte y denso, endulzado tan sólo con la sonrisa de quien me lo sirve. Si lo disfruto acompañado por algún mago de los instrumentos de viento, se convierte ya en una fiesta.

No escribo estas palabras para pronunciarme sobre las acciones de gobernantes de ningún color, especialmente si éstas atentan contra la libertad de alguien. No me refiero a políticos, ni a quienes les presentan batalla con más o menos razones. Yo hablo de un pueblo. No de mil dirigentes, ni de mil opositores, sino de decenas de miles de seres humanos que viven y quieren vivir su vida en paz.

Y es que un pueblo no es igual a sus gobernantes. Ni igual a sus políticos. Por mucho que se empeñen unos y otros.

Tampoco la gente necesita salvapatrias de fuera, especialmente si, como en algunos lugares, llegan con poca música de amor. No se necesitaron bombas extranjeras para cambiar España, ni Chile, ni  Rusia… Los pueblos no divididos se renuevan solos. Cuando están maduros para ello, accionan el cambio. Nadie quiere que vengan a salvarle ni ver segada su existencia por las consideraciones de cuatro visionarios de fuera que viven su propia ciencia ficción.

Gracias a que no tengo la barrera de la lengua, tengo vínculos humanos tan fuertes con la cultura estadounidense como los tengo con la cultura cubana. En las dos partes del mundo tengo grandes amigos, y las dos me han enriquecido como ser humano. Y puedo afirmar que mientras los gobiernos echan entre sí un ridículo pulso que dura decenios, los hijos de ambas tierras podrían celebrar juntos una barbacoa. La comunicación hace maravillas, aderezada de música más, especialmente cuando nos demuestra que no somos tan distintos, y que el mundo funciona como las series de televisión, con variables horizontales, además de las verticales.

Tanto, que a veces, hasta  suena ficticio hablar de países. ¿Acaso no se parecen más entre si los poetas, los abogados, los médicos, los policías, los cineastas, o los gobernantes, aun siendo de diferentes países, que lo que un poeta, un abogado, un médico, un policía, un cineasta y un gobernante se parecen entre si, siendo de un mismo país? Pues que discutan los gobernantes entre sí sin coaccionar a los pueblos. Ni unos, ni otros.

Siempre me he preguntado si Robert Redford, Francis Ford Coppola, Ed Harris, Oliver Stone, Steven Spielberg y el largo etcétera de figuras de Hollywood que se han dejado caer por la Escuela de Cine tuvieron que pasar por el dilema de escoger entre los 6 meses de cárcel o los 5.000 dólares de multa reservados a sus conciudadanos cuando visitan tierra cubana y son “pillados”. Quizá tenían permiso especial o emplearon el truco universalmente conocido para burlar el control, ya más asentado que los fósiles.

Se ha demostrado que la teoría conductista del castigo funciona muy poco. Está ya tan demodé como la escuela psicológica que la sustenta. El temor a las consecuencias es una razón muy baja en la escala de la motivación humana. Por consiguiente, castigar a un pueblo por tener a uno u otro gobernante me parece un drama estúpido.  Algo retrógrado. Primitivo. De poca lógica. Sobre todo, teniendo en cuenta que el teatro de la política, de cualquier país, de cualquier color, afortunadamente no llega a todas las esferas. Aún hay quienes piensan que más importante que el cantar de los políticos es el cantar de los pájaros.

Y si queremos abrir una caja de Pandora, ¿por qué no mirar donde el dolor impera y se provoca de forma masiva e inhumana? ¿Allí dónde lo extraño es ser feliz? ¿Allí donde hay niños psicodelizados forzados a matar a sus familias y Atilas borrachos de poder que deciden sobre la vida o la muerte a capricho y que pasean impunemente su arrogancia?… ¿Demasiado lejos? ¿Demasiado poco interesante? ¿Por qué enarbolamos razones para unos y las obviamos para otros que desatarían la furia de los dioses más benevolentes?

Qué bien nos iría, si los políticos de izquierdas, de derechas y  de centro cantaran sus letanías y jugaran al parchís en los tableros del mundo sin que sus fichas se convirtieran en amenazas para el pueblo. ¡Que discutan cuanto quieran la dialéctica del poder! ¡Que se zampen las fichas de sus adversarios desde los púlpitos, a ritmo de salsa, de polka o de rock & roll!  Pero el pueblo es el pueblo. ¡Que lo dejen en paz! ¡Qué en lugar de balas y tragedia le regalen pan!!

¿Alguien quiere realmente que Cuba se transforme? Levántese el embargo, y abran las puertas a Cuba. Y Cuba se transformará, a velocidad insospechada. Por si misma. Sin necesidad de nadie de fuera.

Y si, mientras tanto, quien sea decide echar un pulso a un gobierno en nombre de la libertad, con todo el derecho que le asiste para actuar como cree que es más justo, que eso no le sirva de excusa a otros para empeorar la vida de quienes saben ser felices, hayan nacido en Cuba, en Estados Unidos o en cualquier rincón del mundo. Hombres buenos, como el Grande, como tantos Grandes anónimos. Quienes hacen que la vida sea digna de ser llamada vida, y el ser humano, humano.

Mientras no lo vean quienes ostentan el poder, de uno u otro color, solo nos consolará saber que, quizá, algún día se lo demostremos con celuloide que haga levantar las voces y alzar las verdaderas banderas de libertad,… sin fusiles, sin cañones, sin trajes caqui.

¡Ojalá pudiéramos hacer un quick fix al absurdo político tan rápidamente como se lo podemos hacer a un guión!

Llamaré a mi amigo Eliseo y le dire: ¡Asombremos al mundo mostrando que las cubanas, además de hermosas, son las responsables de  la occidentalización de la mujer árabe, mucho más que las leyes antiburka que se quieren imponer, una vez más por la fuerza, en Francia! “¿Có…cómo? ¿Cómo es eso posible?” – dirá quién no sepa que las mujeres Saharauis, las mas avanzadas del Islam, vienen a cientos a estudiar a Cuba, por ser uno de los primeros países que acogió a ese necesitado pueblo. Las llaman las Cubarahuis. Y cuando una Cubarahui  regresa no olvida ni la salsa, ni el Caribe, ni el sabor de la vida… sin velo.

¡Si al final resultará que Estados Unidos, Francia y Cuba están del mismo lado en según que cosas! ¡Pero qué vamos a contar! ¿Acaso no sería la vida misma el mejor guión de comedia, si no fuera por algunas de sus dramáticas consecuencias?

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Publicado por en mayo 3, 2010 en Artículos, General, Guión

 

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